Descenso Dominical

Por Javier Garrido.

Es domingo y acabas de acostarte. No sólo has dejado atrás otro ciclo semanal más o menos regular, sino que el propio día que termina no ha pasado de ser un domingo más.

Sin embargo, como siempre en ese mismo momento de la semana, no puedes evitar que te asalte una sensación recurrente aunque singular. Una sensación que te impide conciliar el sueño con rapidez: de alguna manera, sientes que estás al borde de un nuevo comienzo. Como si los segundos y los minutos que te contemplan en esos momentos estuvieran preñados de una cualidad distinta.

Y entonces, tu mente empieza a divagar. Te lleva hacia atrás, hacia otras épocas en que también iniciaste nuevos caminos, en que abordaste retos que comenzaban con la semana. Al principio los recuerdos son difusos, pero poco a poco identificas cada uno de ellos. Imposible cerrar los ojos y dormirte sin más, como si no pasara nada.

De hecho, ¿acaso no es el domingo en sí mismo una especie de dimensión paralela de tu realidad?

Desde que te levantas por la mañana, a una hora distinta al resto de los días. Seguramente con planes e ideas en la cabeza para aprovechar al máximo la jornada. Es el día en que haces cosas distintas, ves a personas diferentes y probablemente hasta te relacionas contigo mismo a otro nivel.

Conforme va avanzando el día, el tiempo parece llevar otro ritmo. La gente en las calles va sin prisa, transmite otra imagen, como si perteneciese a una especie peculiar denominada “la gente del domingo”. Hay menos ruido y todo en esa atmósfera detenida parece conspirar para llevarte poco a poco, más que al descanso de un día sin ocupaciones, al descenso de tu yo interior.

imagen 2

Durante la mañana, todavía es posible captar un pequeño eco de normalidad, sobretodo si llevas a cabo alguna actividad de distracción. Pero después de comer y cuando las primeras horas de la tarde asoman por la esquina de la ciudad, no hay retorno: estás preso del descenso dominical. Un descenso que no es vertiginoso, sino suave. Pero implacable.

Empezarás a reflexionar, a planificar, a recordar, a añorar, a temer que ese espacio-tiempo que te rodea se quede para siempre detenido, contigo en su interior y sin poder salir. Volverás a la infancia, a una juventud que echas de menos y en la que durante ningún otro momento de la semana no habías vuelto a reparar. Y como inevitable presagio de la noche que te espera, serás consciente de que te hallas a unas pocas horas de un nuevo comienzo.

Créeme, la vida empieza cada lunes, para bien o para mal. No con cada cumpleaños, ni cada nochevieja. Ésas son fronteras imaginarias, ficticias. A poco que lo pienses, te darás cuenta de que es así.

Por eso, más tarde, cuando por fin te metes en la cama, arrastras todo el bagaje de un día que se sale de lo corriente y que te ha servido de transición entre una cotidianidad y otra. Nada tiene que ver que después el lunes llegue y sea, una vez más, el mismo lunes de siempre. Y tú también seas el mismo.

En una ocasión leí un relato en que el protagonista intentaba ingeniárselas de mil y una maneras para no tener que vivir los domingos con normalidad, para escapar de ellos a toda costa.

Porque no hay domingos normales, porque son demasiado aterradores, demasiado sustanciales, ofrecen demasiados puntos de ruptura. Diríase que son una trampa mortal, de la que nos libramos sin saber cómo, es cierto, pero de la que no salimos del todo indemnes. Cuyas secuelas arrastramos durante la primera mitad de la semana y que tan sólo desaparecen cuando asoma la promesa de otro descenso dominical, terrible y tentador.

 

 

 

No Comments Yet