Emperadores del siglo XXI

 

Durante un tiempo los astros de la nieve se han estado alineando en mi contra y hacía ya 3 años que no iba a esquiar, un deporte al que me aficioné, como buena Zaragozana, desde muy niña en las pistas del Pirineo aragonés y que, al venirme a vivir a la isla de Mallorca, tuve que cambiar por el snorkel y el senderismo, de los que puedo disfrutar más a menudo. El caso es que este fin de semana lo hice, nos fuimos a esquiar a Granada, y coincidí con otras mil y pico personas en una de esas telecabinas (antes llamadas telehuevo) en las que te apelotonan desde que te acercas a hacer cola al estilo metro en Tokio, eres transportado por la corriente humana en volandas sin importar tu condición, género o intención de grupo familiar con el que te gustaría hacer el viajecito, y se te embute con calzador en un asiento de menos de 25 cm al tiempo que sientes la alerta a la habitual doble amenaza del esquiador prudente: la que te viene de encima, si te toca al lado un torpe que haga caer sobre ti alguno de esos artilugios de afilados cantos y pesadas fijaciones de acero llenas de aristas, y la segunda amenaza, que viene de debajo (esta sólo influye en caso de estar en posesión de una prolija imaginación y se da cuando tu mente se dispara), evocando imágenes de muerte por espachurramiento sobre la nieve, ante la evidencia de que estás, junto con otros 8 humanos (dos de los cuales son tus hijos), suspendida de un cablecito a unos 40 o 50 metros de altura sobre un barranco de piedras, hielo, nieve y soledad. En realidad, los esquiadores equipados caminamos como si fuésemos una mezcla mutante de zombie con transformer que da miedo, sobretodo, por el anonimato que ofrece el atuendo que, entre casco, gafas, y máscara sobre la boca, nadie reconoce a nadie, los malos modales salen impunes, y la buena educación brilla por su ausencia. El caso es que una vez allí, embutida junto a mi familia, descubrí que ahora había nacido un tercer tipo de amenaza de tele-cabina: la del “niño emperador”

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Nos tocó compartir aire y espacio en el mismo cubículo con una madre, de mi quinta mas o menos, y su hijo de unos 19 o 20 años (pegado a mi); estaban el uno enfrente del otro. No hay palabras para describir al “niño” en cuestión, que por cierto era un hombre hecho y derecho de unos dos metros de altura. Cuando él entró, a empujones, como un elefante en una cacharrería, no se sentó a mi lado. Él se desparramó, convirtiendo mis 25 cm en 19. Me metió el codo en los riñones para sacar su crema, se la puso, la volvió a guardar cerrando la cremallera de su bolsillo a golpecitos de codo sobre mi rostro impertérrito y tapado. El muchacho resopló, se quitó el casco, se rascó la cabeza, ris, ras, ris, ras, crujían sus cabellos bajo unas uñas insaciables, mientras una nube de nieve casposa flotaba sobre sus hombros ( y los mios)…paró y resopló de nuevo frotándose los ojos mal humorado mostrando su hastío e inmenso agravio por esa vida injusta que le había llevado a esquiar con su madre un soleado jueves del mes de febrero. Sacó las gafas, que cayeron al suelo, en lugar de recogerlas se desperezó expandiendo su notable envergadura de lado a lado y bajo la atenta mirada de su madre, que ejercía en todo momento de asistenta personal para sujetarle el gorro, los guantes, el buff ( los esquís no, esos los aguantaba yo estoicamente equilibrados sobre mis rodillas), los resoplidos del muchacho fueron en aumento hasta que decidió quitarse el anorak, compartiendo con el resto de los asistentes los efluvios propios de esa edad cuando no se ha pasado por la ducha en varios días. La madre, inasequible al desaliento en el empeño de lograr la felicidad de su quejoso hombretón, nos pidió a todos que abriésemos las ventanucas de la cabina pues “el niño” tenía calor. Yo tenía frío, soy friolera de nacimiento, pero decidí relegar mi comodidad ante la posibilidad real de padecer una muerte instantánea por atufamiento sudoril. Hay que joderse, me dije ( yo nunca digo estas cosas en voz alta). Pero ¿de dónde habrán salido esta pareja de cenutrios? Así que me levanté la gafas y me dediqué a un concienzudo reconocimiento visual.

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Ambos vestían Anoraks caros, nada de Quechua del Decathlon, ella había caído en manos de algún mal medico estético y tenía una de esos característicos rostros de mujer madura de piel tensa, prominentes pómulos, labios carnosos, en exceso, y mirada espantada de botox. Llevaba un Cartier de cadenita de oro y acero, incluso me fije en la ausencia del anillo de casada y sentí lástima al deducir, de su adicción por la estética, la posible falta de autoestima, además del infierno por el que pasaba esa mujer, en soledad, bajo el yugo de ese dictadorzuelo de pacotilla. El muchacho, aspirino, ojeroso pero guapete, sacó un Iphone 6 al que sí dedicó su cuerpo y alma desatendiendo las suaves indicaciones de su madre que le pedía perdón por interrumpir, nos dio una tregua y por fin sonrió por algo que leyó, un gesto que animó a su abnegada madre a extenderle un exceso de crema de la cara, pero a quien él apartó de un manotazo violento con gruñido incluido que pareció significar algo así como “ déjame en paz pesada”. Ella me miró, avergonzada. Mis hijas miraron hacia el barranco y a mi se me acabó el estoicismo. Retiré mis rodillas de sus esquís (no sin antes proporcionarles un pequeño impulso para que cayeran en su dirección ) y el embobado chaval, absorto en su móvil, cuando quiso reaccionar ante la lluvia de palos y tablas, sólo pudo ver cómo su IPhone caía al suelo encharcado de nieve y sonaba crock , al tiempo que quedaba encajado y suspendido en una junta del suelo abierta al abismo. El chico soltó un “mecagoenlaputa”, sabía hablar además de gruñir, era la primera señal de vida inteligente que daba su mente, pegó tres patadas rabiosas en el suelo de la cabina y mientras se afanaba infructuosamente en alcanzar su móvil en la maraña de artilugios de esquí empujándonos a todos, llegamos a la cima, se abrieron las puertas y salimos los cuatro atónitos con la escena. La madre, que yacía a cuatro patas en el suelo buscando el móvil volvió a recibir un empujón de su caprichoso niño, me mantuvo unos segundo la mirada, le sonreí le cogí los esquís y le ayude a bajar. Estas cosas son muy rápidas, las puertas del telehuevo se volvieron a cerrar y el chico por primera vez consciente de que nadie le atendía levantó la cara y nos miró enfurecido consciente de que bajaba de nuevo a la cola gritando y pataleando.

Le devolví los esquís a ella. -Gracias-me dijo.-Qué bien sienta- ella se fue a hacer una esquiadita, y el pequeño emperador, sin su corte, cayó.

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Caí entonces en un artículo reciente sobre el síndrome del Emperador, publicado en La Vanguardia, en el que el doctor Vicente Garrido decía algo así como que vivimos bajo una lacra social muy amenazante por la que, cada vez más, educamos desprestigiando el sentimiento de culpa y alentando la satisfacción inmediata y el hedonismo de nuestros hijos.  Queremos a los hijos, es ley de vida, no nos gusta que sufran, ni siquiera pequeñas contrariedades. Pero afanarnos en evitarles las consecuencias de sus actos, las decepciones o que hagan cualquier esfuerzo por lograr sus apetencias, es robarles la autoestima, la ambición, la posibilidad de sentirse realizados y además nos odian.

 Carmen Cordón.

 

3 Comments
  1. Es a la vez triste y divertido, es autentico, todos nos hemos tropezado alguna vez con casos como estos, de niños de dos metros no han crecido y de niños pequeños que ya apuntan maneras, pero gracias a Dios hay familias normales con hijos majos y educados.

    Me ha gustado y las fotos tambien

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