Las Estaciones. Esa chica que no es más guapa que las demás

By Jaime Roig de Diego / EL IN-PERTINENTE

Las Estaciones

En el mandala circular de las estaciones, la primavera es esa chica que no es más guapa que las demás (al menos es lo que dicen las otras), sino que “tiene algo”, ese “Je se sais pas…un petit quelque chose”.

Uno la observa del mismo modo que ve llegar una joven en bicicleta a la panadería del pueblo donde pasaremos el verano.
La ciclista, que ha pedaleado sin prisa, tiene ese aire difuso de tránsito e intemporalidad; de territorio entre la pureza de la infancia – que llega de pasar el invierno en el internado -, y la sensualidad incipiente que anuncia su llegada en este anden imaginario, pasarela de días de abrir casas, descorrer cortinas y ocupar, aún tímidamente, las terrazas, para fiestas de luna junto a la alberca.

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Puede que esa adolescente y la estación que comienza con el equinoccio de primavera sean la misma. A las dos les basta adornarse con un simple vestido de flores, una evanescencia verde, fragante, herbal y floral, que cubre prados, muros, alféizares y llega hasta la tapia del cementerio que es linde divisoria entre el aquí y el no se sabe.

La muchacha, de cabello rubio trigo, ha apoyado indolente el manillar en la severa fachada de piedra. La brisa cálida y una luz ignota, han trabajado para conseguir un outfit ceremonial digno de una vestal para el altar de Hestia, la diosa del fuego sagrado. Su vestido ahora parece un nude de falda drapeada. Además, el gran álmez (lledoner), ha entreabierto la copa de sus veinte metros de envergadura, para dejar pasar un cañón de luz extra, que parece “Blanco de San Juan” derramado por Fra Angelico. Con ese nuevo aporte de blancura cenital, el tejido brilla como satén de seda estampada para traernos un rito de renovación, un sobrio servicio de despedida al invierno, como un funeral castrense y una alegre consagración de esta y todas las primaveras pasadas y venideras.

Durante algunas semanas, en mi rutina del desembarco estival en esta localidad donde descanso y recargo energía creativa, será un placer entrar en esa tahona donde ella sirve panes, croissants y hojaldres de fruta madurada en el huerto trasero del “forn”.
Observo un cierto cansancio en la dependienta. El calor del horno de leña junto a los días que se van acercando al estío, hacen brillar su tez.

Una tarde que voy a recoger un encargo, ya instalados en la casa, la encuentro hablando con un mocetón. No me fijo mucho, ocupado en evitar que se me caiga la bandeja al pasar por la cortina de cadenas de ganchitos -filtramoscas-. Ella (agita las manos como si pintase circunstancias), parece explicarle algo de la panadería, darle órdenes. Tal vez sea un aprendiz de panadero.

Los días se deslizan o se derriten, como los relojes blandos de Dalí, con la persistencia del tiempo y el ritmo del andar de los gatos que atraviesan el jardín, dibujando siluetas negras de equilibrista en las barandas y pretiles elevados.

Un día que vuelvo a por mi hogaza de pan reciente, me encuentro la panadería en ese momento sin clientes y detrás del mostrador al chico que estaba el otro día hablando con…
Una sonrisa abierta me da los buenos días

– ¡Qué ponemos?

-¡Hola!… ¿y?…(hago un gesto circular indefinido), ¿tu compañera?

– ¡Ah!, Vera. Bueno, es el acuerdo, desde siempre. Vino Cronos y se la llevó. ¡Ahora estoy yo!. (Finalizó encogiendo los hombros con un gesto de fatalidad y otra sonrisa amable y concluyente).

Lo cierto es que debí poner una extraña cara .Y encima lo empeoré:

– ¿¡Se la ha “lle-va-do” Cronos!?. ¿Cronos?… ¿el dios del tiempo, los calendarios, las estaciones y las cosechas?

El chico se puso a reír a carcajadas

– ¿Qué es usted?, ¿profesor?,¿como Robert Langdom, el de “El Código Da Vinci”?. A ver…”Cronos” es la agencia de trabajo temporal, que nos ha encontrado este curro a Vera y también a mi. Y… ¿que día es hoy?

– Er…¿22 de Junio?

– ¡Eso es!: ¡VERANO!. Cogió un adorno, una corona de espigas secas de trigo, y se lo colocó teatralmente diciendo: yo soy el de verano

-Claro, ¡¡eso es!1. Ella fue la primavera y tu… ¡verano!

Me señaló con el índice de modo cómico, con burla evidente

– Veo que lo ha pillado.Y este año vamos a tener -además de “lo” de panadería-, vino blanco y helados naturales.

– Me recordó al optimismo vintage de un Mickey Rooney pero en color saturado.

Salí levantando el pulgar, y prometiendo volver por ese bonus-track de helado y varietal blanca.

Conduciendo de vuelta a casa, me acordé de la canción de Future Islands, “Seasons”:

“Las estaciones cambian,
y yo he intentado con todas mis fuerzas ablandarte.
Las estaciones cambian,
pero me he cansado de intentar cambiarte.
Mientras despunta, el verano despertará
Porque te he estado esperando,
me has estado pesando en mi conciencia.
Te he estado esperando…”.

Jaime Roig de Diego

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