Escapada “Navegando por Formentera”

INMTK/Raúl López Ligero

No hay mejor forma de despedir el veranito, que con una semanita en velero por la isla más paradisíaca de nuestras roquitas balearicas, Formentera. Sólo nombrarla ya se nos viene a la cabeza, playas de arena blanca, azul turquesa, paz y relax. En esta ocasión acompañado por mi compañero Dani y mi pareja Cristina.

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Las dos noches más destacables las pasamos en Cala Saona, ya que teníamos viento de Sureste y aquí estábamos bien resguardados, casi con un mar plato y una brisa muy agradable. Aún siendo ya septiembre, contamos más de 30 barcos fondeados en la cala y un ambiente más que animado durante el día. Eso sí, al caer la tarde y después de un par de baños, no nos perdimos el “chiriguito” que reina la playa, en él se puede leer desde lejos, “mojilitro”.

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Allí unos catalanes nos contaron que si quieres encargar bebes, es necesario beberse dos de ellos, así que nos pusimos manos a la obra. Tuve que pedir un préstamo, ya que por cada uno ¡te cobran 29 euros! También debo decir que te pueden cobrar lo que quieran, ya que es el único chiringuito en kilómetros y nadie dispone de ubicación tan peculiar. Desde ahí, y con “mojilitro” en mano, puedes disfrutar de unos de los atardeceres más bonitos de mundo, y os lo digo con conocimiento de causa, ya que me encantan y colecciono algunos de ellos a mis espaldas.

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¿Qué os puedo contar de Formentera? es la isla perfecta donde ir a recargar pilas. La tenemos tan cerca y a la vez tan lejos… Al final muchos que la tienen aún más lejos, la disfrutan y aprecian mucho más que nosotros. Deberíamos poder ir al menos una vez cada verano, a pasar unos días, simplemente sin hacer nada, paseo por la playa, relax y disfrutar del paraíso.

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Hicimos una parada en la playa de Illetas, evidentemente. Desembarcar en esa playa tan fina, con sus dos mares turquesa, a cual más bonito, no tiene precio. Cumplimos la tradición de poner una piedrecita más, en la infinidad de “fitas” que hay por toda la playa. Nos pegamos un par de baños en el azul turquesa, que miras y miras como si de un sueño se tratara. Simplemente nos quedábamos totalmente hipnotizados, contemplando tanta belleza natural. Pasamos horas mirando sin hablar, las palabras sobraban.

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Como broche final de la escapada, de regreso a Mallorca nos topamos con una gran familia de defines. Eran gigantes, de los más grandes que había visto nunca. De hecho se ponían en la parte delantera del velero jugando con la ola que rompe y casi no cabían. Nada que ver con otra familia con la que coincidí cruzando el Estrecho de Gibraltar. Aquellos se podían poner varios juntos a jugar en la proa, sin embargo, estos sólo dos y justos.

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Se trataba de una gran familia, que al parecer estaban cazando, apareándose o simplemente jugando, eso sí, permanecían juntos. Sin duda no nos pudieron hacer mejor regalo para cerrar con un broche de oro, otra gran experiencia que guardare con cariño en mi retina…

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