Hasta que la muerte nos separe

Resulta que eso de “hasta que la muerte nos separe” resultó ser demasiado tiempo. Me lo dijo ayer mi amiga Bea (divorciada), que ha venido unos días a Mallorca a cambiar de aires y de paso ver si encuentra alguien que merezca la pena. Hacía siglos que no nos encontrábamos delante de una taza de café y toda una tarde libre por delante y ella, sola desde hace un año, me contó lo escaso que está el mercado de segunda mano del amor en el que, cada vez que sale, sólo da con mamarrachos (y mamarrachas) que mendigan cualquier tipo de compañía aunque sea de la mala. “Lo único que busco es alguien normal con el que llenar de ilusión mi vida para compartir viajes, cenas, nuevos sueños.. ¿tan difícil es?” Digo yo que alguien habrá.

Las dos nos paramos a recordar el día en que nos casamos y la lotería que fue aquella decisión. Yo me casé más joven, tenía 26 años, recordé la responsabilidad que sentí cuando oí pronunciar al amor de mi vida esas mismas palabras “hasta que la muerte nos separe”, y el vértigo y el corte que me dio pronunciarlas yo, delante de todos nuestros amigos y familiares–“Se te saltaron las lágrimas”-, me recordó Bea… pero estabas feliz.

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Cuando uno se casa joven, todo es ilusión y ganas de comerse el mundo. La sintonía es total (o eso crees). Recuerdo cómo estando frente al altar, rodeados de familia y compromisos, mi marido me regaló una mirada cómplice, como si compartiésemos un lenguaje secreto, y con sus ojos, me decía cuánto me deseaba hasta el punto de ruborizarme. La liturgia, recitada por el sacerdote al estilo mantra, actuó sobre mi y evoqué aquello que me había llevado a jurar ante Dios….Los meses de desbordante emoción que vivíamos Ignacio y yo, desde que la casualidad de la vida hizo que nos encontráramos en un pub en Madrid, las excursiones que inventábamos descubriendo un mundo que subíamos a pie y bajábamos a nado, los lugares que bautizábamos y hacíamos nuestros, los fines de semana perdidos por las carreteras sin rumbo, los viajes improvisados. Éramos cómplices, amantes y unimos nuestros pensamientos y nuestros sueños. Bea y yo nos partimos de risa recordando cómo nos creíamos por encima de todos los males que aquejaban a las otras parejas en el mundo. Lo nuestro era auténtico… simplemente haciendo cola en la entrada de un cine nos divertíamos mas que cualquier pareja en su luna de miel y cuando observábamos otros matrimonios cenando sin dirigirse la palabra sonreíamos convencidos de que eso a nosotros nunca nos pasaría. Nos creíamos en posesión de la piedra filosofal del amor, diferentes pero complementarios, nunca nos quedaríamos sin nada de lo que hablar. -Cómo cambia la vida, cuántos silencios hemos compartido cenando desde entonces- Le dije a Bea. Éramos jóvenes e ingenuos, estábamos enamorados, y no sabíamos nada sobre el amor.

El caso es que yo siempre pensé que el matrimonio de Bea era el perfecto. Ella era una mujer fuerte e independiente y se casó mucho más tarde y racionalmente que yo. Hace sólo 12 años (con 35 años) encontró a su amor. Ambos altos, guapos y con las mismas aficiones, decidieron unir sus vidas y sus proyectos personales. Empezaron poco a poco compartiendo la casa, ella se mudó progresivamente a la de él, luego nos unieron a los amigos, y por fin, elaboraron un sólido proyecto de vida casándose por lo civil. Eran una de esas parejas por las que parecía no pasar el tiempo. Los dos trabajaban en el mundo de la moda y, al casarse mayores, Bea me había dado una lección de cómo manejar su vida con inteligencia. Se había dado tiempo para triunfar profesionalmente en el mundo de los pintalabios rojos y los tacones de Jimmy Choo antes de lanzarse a casarse embobada y había decidido no tener descendencia.

Recuerdo un día en que me atreví a preguntarle por ese delicado tema a la sofisticada Bea andando juntas en pleno bullicio humano por el aeropuerto de Barcelona, ella se paró en seco sujetándome por el brazo y me dijo: Observa este lugar Carmen, está repleto, el mundo está lleno de personas ¿Para qué iba a traer yo aquí a una más?. Le di la razón. (Supongo que los que los que hemos caído en la trampa sin retorno de los niños deseamos secretamente traer a nuestro mundo a los no iniciados). El caso es que Bea tenía una de esas relaciones envidiables: madura, libre de enajenaciones mentales de juventud, en la que ambos conservaban su independencia personal, sabiendo lo que querían y además paseaban por Barcelona con un biplaza tan chulo y deportivo que no había espacio ni para un bolso en el asiento de atrás. (En esa época yo llevaba un monovolumen con tres sillitas atadas estilo furgoneta Sor Asunción que olía a leche agria.). Eran el espejo en el que quería que se mirara mi matrimonio: Equilibrados y sinceros, compartían largas charlas cada noche frente a una copa de vino sobre cualquier inquietud que les asaltaba y yo escuchaba fascinada sus relatos de pasión y viajes exóticos desde mi solitaria y desasistida vida de maruja.

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En esos 10 años hemos visto fracasar muchos matrimonios de nuestras amigas. Unos acabaron en duros divorcios, y otros, más triste aun, eran muertos vivientes sostenidos en un pacto de pareja de guardar las formas de cara a la galería.-Yo misma pasé años forjándome en esa resistencia– Le dije a Bea-.Tengo que decir que los años de niños pequeños, hipotecas y apreturas económicas no son un camino de rosas para ninguna pareja y reconozco que me costó muchas noches de lágrimas solitarias el superar unos tremendos ataques de “hartura del matrimonio-marujil” en el que yo solita me había entrampado jugando a las casitas y al que, para colmo, había arrastrado a mi marido. Pero, no sé muy bien porqué, ni cómo, pero nosotros seguimos adelante, y hoy doy gracias a Dios de que sea así.

Pero Bea no. Ella, con la misma racionalidad con que se casó, decidió separarse y tras una tarde de conversación y una buena calculadora se habían repartido su mundo. Hasta me informaron de una especie de tratado de “custodia compartida de amigos” que habían ideado ella y su ex para evitarnos el tener que elegir a quien invitar a cenar. -“Yo no pude seguir, Carmen. Se nos acabó el amor. Somos tan diferentes” -Me explicaba Bea-  ¿Sabes? Nada manda en el corazón humano, ni una misma, a mi algo me hizo click aquí adentro (se señaló el corazón) y empecé a despreciar todo lo que él hacía o decía, pasé de la admiración al desprecio, y cuando me descubrí a mi misma detestando sus miserias, nacidas de la convivencia, con repugnancia irracional, decidí que había llegado el momento de darnos la libertad. Mejor eso que darnos asco ¿no?. Está claro que sí- Le respondí.

Ayer ambas nos perdimos sin respuesta para un millón de preguntas: ¿Porqué es tan difícil estar casado? Y ¿Porqué nos empeñamos en jurarnos amor eterno sabiendo que ese compromiso se puede romper?¿ Qué importancia tiene una oferta de amor rompible? ¿No deberíamos aguantar hasta que la muerte nos separe? O tal vez es mejor ser coherentes y no jurar nada. Al menos así nos evitaríamos la decepción o peor aun, el decepcionar nosotras. Que rápido decimos “si quiero” y qué poco conscientes somos de las consecuencias

Me gustaría que un antropólogo me dijese ¿Es la raza humana monogama por naturaleza? como lo son los albatros o los pingüinos rey de la Antártida que nunca cambian de pareja hasta que la muerte les separa, o es que nos casamos por mandato biológico reproductivo y cuando eso se pasa no tiene sentido seguir. Las mujeres ya no necesitamos un macho que se plante delante de un morlaco de 800 kilos para cazarlo y nos alimente la prole (hoy con 100 euros en el bolsillo una hace la compra en el Mercadona). La necesidad de pareja, entonces, ¿Es puramente emocional? ¿ Es realmente necesario que dure hasta la muerte?

Según el portal “Business Insider”, en España el 61% de las parejas rompen, (es el quinto país del mundo con la tasa más elevada de divorcio) y eso sin contar las parejas zombies que aguantan juntas sin amarse. ¿Hay alguna fórmula que nos asegure el éxito de un matrimonio? ¿ Es mejor una pareja racional y madura como la de Bea?, ¿O es mas acertado dejarse llevar por la pasión juvenil? ¿ Es el desgaste de la convivencia lo que puede con nuestras emociones? ¿Son los niños, o acaso es las falta de ellos? ¿Qué nos pasa? ¿ Por qué Bea busca de nuevo un príncipe azul?.

¿Existe alguien que nos haga felices para siempre?.

Contra todo pronóstico Bea y yo nos dimos cuenta de que sí existe esa persona, pero no es ningún caballero andante que vendrá a salvarnos como en los cuentos de princesas con los que crecimos, esa persona ya está con nosotras, es uno mismo. Ayer Bea y yo decidimos no salir a la búsqueda de nadie y dedicarnos a hacer lo que la vida nos estaba enseñando a las dos con tanta aventura y tanta emoción: A conocernos, a amarnos profundamente tal y como somos con todos nuestros defectos, a mimarnos, y a iluminar nuestras vidas de una felicidad, de la que ningún caballero puede hacerse responsable, por que nace dentro de ti al ser consciente de que somos la culminación de la gran obra maestra de nuestra vida. Que cada día contigo misma es un regalo de Dios para seguir dejando que nuestro corazón nos guie con entusiasmo hacia cualquier nueva ilusión. Una vida que sí nos acompañara siempre, hasta que la muerte nos separe, y mientras somos felices, lo otro, si llega, ya llegará.

 Carmen Cordón.

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