La chica de la Cruz Roja

Por Sandra Llabrés.

 

Recordando a Concha Velasco en la histórica película española (que reconozco no haber visto en la vida más allá que algún accidental fotograma durante el típico zapping del sábado tarde), Las chicas de la Cruz Roja, rodada a finales de los años 50, heme aquí dispuesta a ayudar, y al contrario del film de Rafael J Salvia, no para repartir banderitas precisamente, pero sí para unirme a la justa causa y necesidad más ostensible de mi círculo más cercano: ser la enfermera perfecta de los míos.

Ante la cercanía del fin de semana y cuando me disponía mentalmente  para mi ¿bajada? de marcha en mi actividad frenética habitual, suena el teléfono. Una voz temblorosa me pone en antecedentes y se me explica sin darle demasiada importancia, pese a tenerla, al hecho de que mi media naranja, mi pieza de puzzle bizarra, mi ogro de cromañón y mi tercer ojo que todo lo ve, se acababa de apear de la pole position por la vía rápida.

Una desafortunada caída en moto ponía en jaque a todos mis sentidos. Emular a Alonso y llegar al hospital todo fue a una.

Varios exámenes, tacs y radiografías después mis biorritmos volvían a latir con aparente normalidad. Un susto. Grande. Pero nada que el amor, las pomadas antibióticas y un poco de yeso no pudieran arreglar. Menos mal…Pero dispuesta hayábame yo para ser la mejor en lo mío. La mejor cuidadora de toda la planta, y eso que en la Quirón (que queda más pijo que la Palmaplanas, que ya es un decir) los y las enfermeras además de buenas, son monísimas y guapísimos. Todos ellos, la verdad. ¿Habrían pasado un casting? (Pero no, luego pienso, es normal, nuestra Teresa y nuestro Rafa lo son y son muy guapos también)

Estaba, fíjate, por pedirles hacer de modelos en uno de los próximos shootings de INMTK! No me digáis que no tendría morbo…

Las 24 horas siguientes me dedico, a parte de, evidentemente, velar a mi amor, a convertirme sin apenas darme cuenta, en todo un voyeur silencioso, en un espectador anonadado que sigue a pies juntillas la trama de la película, montándome la mía propia. Gracias a Dios frecuento poco el hospital pero debo decir que este me tiene alucinada. Suelos brillantes, amplios pasillos, recepción de Hotel cinco estrellas, peluquería, kiosko, flores…hasta la centralita de planta parece la del Ritz. Guapos empleados, risas suaves, solo falta el hilo musical de fondo para pensar que acabo de llegar de vacaciones a un complejo resort en la city. Una voz me saca de mi ensimismamiento:- ¿Le hago la cama señorita? – No sé si estoy más contenta por poder quedarme a dormir, porque hay una mujer que quiere convertir el sofá en una mullida cama o porque me ha llamado “señorita”…

Asiento sonriente. Exquisita educación precede las idas y venidas del personal del hospital. Toc, toc…pausa, y entran. Hacen lo que deben y se van.

Entra silenciosa una señora de la limpieza y en una magistral maniobra deja el suelo empapado en su justa medida y se despide con ojos suplicantes. Tranquila, le digo en mi mente, no voy a pisar. Pero miento. A los pocos minutos tengo frío, supongo que la tensión acumulada hace que mi cuerpo se destemple y me dispongo a graduar la calefacción. Me levanto y cojo el mando. Es tan complejo que no lo entiendo. Al girarme veo el estropicio. Mis botas han dejado unas terribles huellas en el suelo. Sucias. Muy sucias.

Me siento fatal, me las quito y avanzo de puntillas hasta el baño que es amplio y totalmente equipado.En el tocador y a modo de amenities veo jabón, toallitas, esponjas, toallas…descarto todo eso y cojo papel higiénico y retrocedo sobre mis pasos, pero de rodillas, borrando enérgicamente mis terribles huellas en esa suite de ensueño y mientras hago eso no puedo evitar sonreír pensando, esto jamás lo hubiese hecho en casa. Una vez a salvo en el sofá me dispongo a observar mi obra: ni rastro. Entonces me concentro en observar atentamente a mi accidentado mientras duerme profundamente su evidente cansancio, vendado como una momia.

En fin, que dos días, cuatro enfermeros y un traumatólogo después,  me ponen a mi churri en su sitio (huesos rotos y demás) y después de comer pa’ casa que nos mandan. Y pa’ya que nos vamos. A paso de tortugas, eso sí, dirección al ascensor. Dirección al centro de la isla, llegamos a nuestra pequeña ciudad dormitorio,  no sin antes hacer parada técnica de avituallamiento en la farmacia para repostar el maravilloso  “combustible” curativo de tercera generación: gasas y betadine. Y alguna crema más…A continuación y mientras introduzco en el coche la bolsita con las medicinas mi lado más diablesco sobrevuela mi conciencia y me susurra al oído: cómprate un disfraz de enfermera. Resisto a  mi tentación de gastarle esa broma a mi churri, aunque Eurocarnavales me viene muy de paso, me convenzo en silencio,  “no le va a hacer gracia”. Y es que no tiene el cuerpo pa jotas precisamente.

Llegamos a casa y nos instalamos. Hecho de menos a la señora de la fregona del hospital. Y también a la que hace las camas. Ordeno el desaguisado mientras pienso ¡solo he faltado dos días! me dedico en cuerpo y alma a hacer lo que me pide el corazón: ser la enfermera ideal. Y a eso me dedico en cuerpo y alma. De día y de noche. Precisamente es cuando bien entrada la misma, baja mi hija pequeña encendida en fuego. “Me duele la cabeza” , “no puedo dormir”. La enfermera audaz que hay en mi reacciona veloz sacando el termómetro: 39 de fiebre. Un chute de paracetamol, marchando. Tuerzo la nariz y le levanto la parte superior del pijama.

Acto seguido constato la famosa frase: las desgracias nunca vienen solas. La Varicela acaba de sumarse a la fiesta. Yupi.

En silencio ruego para que a mi hijo no le de un ataque epiléptico, que la gata no pille el moquillo o que mi perro Watson no enferme de Leishmaniosis.

 

Por favor, Señor.

 

 

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