La corona de hielo

 

Terry Pratchett dejó este mundo el 12 de marzo a causa del alzheimer, enfermedad con la que estuvo lidiando los últimos años de su vida. Se ha ido uno de los grandes maestros del humor, pero nos quedan sus libros, más de cuarenta. Uno de los personajes recurrentes de su serie del Mundodisco es la mismísima Muerte, que siempre habla en mayúsculas. En tres tweets que Pratchett dejó preparados para cuando llegara el momento, y que aparecieron de forma póstuma en su cuenta de Twitter, se imagina a sí mismo encontrándose por fin con la Muerte, que le da esta bienvenida: AL FIN, SIR TERRY, DEBEMOS CAMINAR JUNTOS. El siguiente tweet dice: Terry tomó el brazo de la Muerte, y la siguió a través de las puertas hasta un desierto negro bajo la noche interminable. El tercer y último tweet consta de una sola palabra: Fin. No es frecuente que un escritor se atreva a escribir la historia de su propio final, lo cual dice mucho de Pratchett, un hombre que nunca se rindió, que se mantuvo activo hasta el final a pesar de su enfermedad, llegando a colaborar en sus últimos meses con el escritor Stephen Baxter para la serie de novelas Long Earth. La última entrega de esa serie se publicará este verano y se llamará La larga utopía.

Pero el último libro suyo que he leído, este mismo mes, ha sido La corona de hielo, una novela del Mundodisco. En concreto, es una de las novelas que Pratchett escribió con la joven aprendiz de bruja Tiffany Dolorido como protagonista (aunque el libro es de 2006, he de recordar que Pratchett ya escribía sobre aprendices de brujos mucho antes que la autora de Harry Potter…). Hasta donde yo recuerdo, creo que ésta es la única novela de Pratchett que trata el tema del amor. Siempre me pareció curioso que, hablando de tantos temas en sus libros, Pratchett nunca escribiera sobre el amor. En ese aspecto parecía muy pudoroso, o esa es la impresión que me daba. Pero en este libro, el amor aparece por fin. Y el resultado es una historia más bien triste, como toda buena historia de amor. Lo cual llama la atención en un autor que se caracteriza por su humor. Esto no quiere decir que el libro no tenga humor, pues en él abundan como siempre los chistes marca de la casa, es sólo que el regusto que deja al final su lectura resulta agridulce… Pero empecemos por el principio.

Tiffany Dolorido, una chica de trece años, prosigue con su aprendizaje de bruja en las Montañas del Carnero, cuando un aciago día se pone a bailar con un misterioso desconocido en el bosque, sin pensar demasiado en lo que está haciendo… Ella no lo sabe todavía, pero su compañero de baile es el Forjador del Invierno, es decir, el espíritu del invierno. A partir de ese momento, el Invierno se enamora de ella. En un momento de irreflexión, Tiffany ha trastocado por completo el equilibrio del universo. Pues a partir de entonces, el Invierno no se irá. El Forjador la sigue a todas partes, crea copos de nieve en su honor, hechos a su imagen y semejanza (¡las montañas se ven sepultadas bajo una gruesa capa de pequeñas Tiffanys!), le regala rosas de hielo, esculpe su retrato en los icebergs, la escarcha que se forma en las ventanas deletrea su nombre… Vamos, que no la deja tranquila. El Forjador quiere que ella permanezca para siempre en su mundo gélido. Desea que ella sea su reina y luzca en su cabeza la corona de hielo. La toma por la Dama del Verano. El pobre es un poco pesado, pero hay que entender que nunca se había enamorado antes. Hasta entonces, el espíritu del Invierno no sabía lo que era el amor. Sólo ahora que descubre lo que son los sentimientos, empieza también a hacer tonterías, lo cual equivale a decir que empieza a mostrarse humano, pues no hay característica más humana que la de hacer el tonto.

Por supuesto todo esto agobia bastante a la pobre Tiffany, que intenta rechazar estos avances como mejor puede, sin demasiado éxito. Tratándose de una especie de dios, es un poco difícil quitarse de encima al Forjador. La joven aprendiz acude a las brujas más sabias y veteranas en busca de consejo y ayuda. La señorita Traición, Yaya Ceravieja y Tata Ogg intentan ayudarla, pero poco es lo que pueden hacer unas ancianas entrometidas frente al mismísimo Forjador. Entre tanto, el mundo sufre un invierno que parece interminable. Y para su sorpresa e inquietud, Tiffany empieza a mostrar características de la auténtica Dama del Verano…

La Muerte también aparece en el libro, como siempre. Todas las brujas saben cuándo van a morir, es uno de sus dones. La señorita Traición, la maestra de Tiffany (una anciana de 113 años), no es una excepción. En un curioso capítulo del libro, la anciana bruja organiza una fiesta de despedida un día antes de su muerte, y a la mañana siguiente acude a su propio funeral para acostarse tranquilamente en su tumba… Leyendo esto no pude evitar acordarme del propio Pratchett, que a su modo también organizó su final. Para mí también es como si hubiera perdido un maestro, pues aprendí muchas cosas de él, como escritor y como persona.

Hay que recordar que Tiffany pierde a su mentora, que es como una abuela para ella, mientras el Forjador de Invierno la corteja a su peculiar manera. Es llamativo cómo se mezclan Eros y Tánatos en esta novela, la única en la que Pratchett trata al mismo tiempo los dos temas más trascendentales de la existencia. Pero Pratchett lo hace con su maestría habitual, sin perder en ningún momento su sentido del humor. Un buen ejemplo de esto es el momento del libro en el que unos traviesos duendes, los feegles, cruzan el río del inframundo a bordo de la barca de la Muerte, y lejos de descorazonarse se ponen a cantar alegremente (y desafinando bastante): Al pasar la barca me dijo el barquero… Lo cual irrita un poco a la Muerte, que lo considera de lo más irregular.

Pero justo antes de esto nos encontramos con uno de los pasajes más sombríos de toda la obra de Pratchett. En él, Roland, “más o menos un amigo” de Tiffany (los dos se cartean, pero no parecen dispuestos a reconocer lo que sienten el uno por el otro…), que ha bajado al inframundo para despertar de su sueño a la auténtica Dama del Verano y que así se reestablezca el equilibrio en el Mundodisco, se encuentra con un espeluznante espectáculo. Una especie de demonios llamados espantos rondan a las almas en pena que vagan por ese sombrío lugar, devorando sus recuerdos. Todo parece indicar que Pratchett ya había empezado a notar los efectos del alzheimer cuando escribió esto. Furioso por lo que ve, Roland elimina a los espantos con una especie de espada mágica, de la misma forma que Pratchett plantó cara a su enfermedad, convirtiéndose en un “guerrero del alzheimer”, como se le dio en llamar. Odio las cosas que intentan llevarse lo que eres. Quiero matar a esas cosas, quiero matarlas a todas. Cuando te llevas los recuerdos, te llevas a la persona. Todo lo que son, dice Roland. Estremecedor.

Pero volvamos al Forjador de Invierno que da nombre al libro (pues el título original de la novela es Wintersmith, no entiendo esa manía de cambiar los títulos de los libros…). El espíritu del Invierno intenta volverse humano para Tiffany, pero en el fondo no sabe lo que es ser humano. Finalmente, ella decide pararle los pies. O eso, o vivir en un invierno eterno. Esta novela no es un cuento de hadas. La chica no se casa con el príncipe al final de la historia. Pero la premisa en la que se basa el libro tiene un pequeño fallo, como una grieta en el hielo: si el Forjador no es humano ni sabe en realidad lo que es el amor… ¿por qué le hizo rosas de hielo a Tiffany? Ese parece un detalle bastante humano, diría yo. Ella misma, al final, parece sentir algo por él, aunque nunca lo admita. Adiós a las rosas de hielo, se dice, qué pena. Qué pena. Pero esto no es el final. No desvelaré cuál es el final de la novela, pero da que pensar…

Sir-Terry-Pratchett-Patron

De la misma forma que la primavera sucede al invierno, la vida sucede a la muerte. El fallecimiento de Terry Pratchett tampoco es el final, pues siempre nos quedarán sus libros, y mientras se siga leyendo a un escritor, este escritor continuará vivo. Hasta siempre, maestro.

 

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