La sonrisa de una madre

La sonrisa de una madre
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Por Pedro Prieto.

Hace unos días estuvimos en Las ovejas de Mica, y allí conocimos a Marisa, madrileña de cuna, pero mallorquina desde hace 17 años, casada y madre de cuatro hijos. No estaba allí por ser alcohólica, sino porque, como esposa de alcohólico, asistía a la terapia que Mica organiza semanalmente para familias de alcohólicos, pues su marido lo es, “aunque, afortunadamente, desde hace semanas ya no prueba el alcohol y trabaja sin problemas”.

Aparte, Marisa debe de cuidar, desde que nació, y de ello hace ya 19 años, a su hijo menor, Darío, nacido prematuramente, “a las 24 semanas”. Darío nació bien formado –dice la madre-, “pero al no tener sus órganos preparados para la vida, era un bebé inmaduro”, lo cual le provocó numerosas infecciones, “que le obligaron a recibir tratamientos a base de antibióticos, lo cual le provocó la sordera severa, que no profunda, pero sordera al fin y al cabo, y debido a la toma de oxígeno, tuvo desprendimiento de retina, que pese a las intervenciones que le practicaron, quedó ciego. Y como no oye, no habla. ¿Que cómo me comunico con él? A través del lenguaje de los signos adaptados a las manos. Cuando quiero hablar con él, le cojo y él, a la vez, hace lo mismo. No es que dominemos el lenguaje de los signos, pero conocemos lo básico y así nos comunicamos”.

Por todo ello, Marisa no trabaja desde que nació Darío, ya que se ocupa de él a lo largo del día. Y por ello, por ser madre de un hijo de estas características, no cobra nada.

Como mayor de edad que es, Darío percibe una paga de 540 euros, más lo que le corresponde por el concepto de ayuda a la dependencia, 290 euros, muy poco para las necesidades que tiene una persona como él, que permanentemente necesita de otra, para todo.

Marisa, como otras muchas madres en sus mismas circunstancias, no entiende como el gobierno haya pegado un tijeretazo de más del 40 por ciento en las ayudas a la dependencia. “Tal vez si algún ministro tuviera un hijo así, que le hiciera vivir lo que a nosotros, el recorte no hubiera sido tan grande. Pero por suerte para ellos, no tienen ese problema, y si lo tienen, poseen medios para resolverlos. Pero yo me he acostumbrado a que esto es así, y como es mi hijo, que todo sea para él. Lo pienso yo y lo piensa cualquier madre en mi situación”

Darío va a clase cada día. Gracias una beca que le da la ONCE desde que nació, puede hacer frente a los gastos de transporte y comedor, pero el año pasado la redujeron al 10% y en este al 30%. “Pero… bueno, muy agradecidos a la ONCE, tratamos de arreglarnos”.

En cuanto a lo del marido, “es complicado”, dice, “pero ahora va bien; hace tiempo, desde que está en las Ovejas de Mica, que no bebe, y está muy pendiente de Darío con el que sale al parque, a que se entretenga.”

A pesar de todo, Marisa siempre sonríe. “¿Y que voy a hacer, sino…? Si lloro, lloro en casa, y más antes que ahora. Porque al principio crees que tendrá cura; que tu hijo se va a poner bien, pero como pasan los días y no ves progresos, te desesperas. Pero ya, a los 19 años, entiendes que no hay solución, y que llorando no mejoras nada. Bueno… hay momentos en que te da el bajón y lloras, pero eso es inevitable. Otras personas, por menos, también lloran. Ahora lo único que me preocupa es que va a ser de él cuando nosotros no estemos. Mientras tanto, no le va a faltar nada”

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