Mirando de frente a la muerte

El Blog de Carmen Cordón

Acabo de hablar por teléfono con un buen amigo. Tiene un tumor. En el cerebro.
Mi amigo, no sé por qué lo califico de esa manera pues nos hemos tratado más bien poco, es una de esas personas que la vida te pone delante en situaciones peculiares.

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Le conocí casualmente colaborando ambos en una tertulia de televisión en Madrid hace unos 8 años. Aquel día viví una grabación incómoda porque algunos de los que allí participaban iban un pelín sobrados de testosterona, a lo Donald Trump, y pronto entraron en una dinámica de “a ver quien la tiene más larga” que me dejó completamente muda, no por falta de arrestos, quien me conoce sabe que yo es esas situaciones me crezco, sino por mera educación. Él estaba allí en calidad de escritor e historiador y, teniendo una capacidad intelectual infinitamente superior a nuestros contrincantes, también optó por un silencio educado a la espera de la oportunidad de obligarles a todos a guardarse la testosterona en la bragueta haciendo uso de dos datos y gran aplomo. El caso es que ese día entre ambos surgió una simpatía mutua que dura hasta hoy y que aunque haya sido alimentada solamente por el cruce de pensamientos, libros, artículos y enlaces web, me gusta llamarlo una amistad.

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Hemos hablado por teléfono dos veces en nuestra vida. La primera vez fue hace 3 años para decirme que tenía un tumor en la hipófisis y que si podía ayudarle. Investigué un poco, le conté mis averiguaciones, se enfrentó al toro pasando por quirófano y gracias a Dios todo salió bien, conocí a sus hijos, por teléfono también. La segunda llamada ha sido hoy, el tumor ha vuelto, ha crecido mucho, y vuelve presionar el nervio óptico. Puto tumor. Déjale en paz. En fin, a seguir luchando.

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Creo que uno de los miedos más oscuros con el que vivimos es el miedo a morir. A morir nosotros o a que mueran aquellos a los que amamos. Es increíble que esa sea la única certeza que tengamos en esta vida y sin embargo no dediquemos ni un minuto a reflexionar sobre ella.
La muerte.

El fallecimiento prematuro de mi adorado hermano Publio a los 23 años por un accidente de ultraligero desgraciadamente acorraló a mi ingenua juventud y tuve que mirar de frente a esta espantosa acompañante de la vida. Han pasado más de 20 años y muchas tragedias desde entonces y he llegado a tres reflexiones respecto a ella:
La primera de todas y la más importante es que no hay que preocuparse demasiado porque hay vida después. Tengo pruebas. Llevo más de 20 años investigando y leyendo todo lo que hay escrito al respecto, desde el pensamiento de grandes filósofos de todos los tiempos, hasta la deriva que ha tenido la metafísica con el descubrimiento de la física cuántica. Tengo que decir que la mayoría de esos sabios con sus teorías llegan al convencimiento de que este grandioso orden no es posible sin un “algo” que lo cree. Pero no ha sido toda esa lectura lo que me ha convencido de que hay un después tras la muerte, sino tres sucesos de mi vida que aportaron, para mi, pruebas suficientes de que trascendemos a nuestro cuerpo tal y como somos con nuestros recuerdos, exactamente iguales. Este asunto me da para otro post completo, o incluso para un libro, así que de momento lo dejaré aquí.( Prometo un post monográfico sobre ello).
La segunda reflexión a la que he llegado es que la muerte es necesaria, si no, no apreciaríamos la vida.

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Hay un pensamiento que no dejo de recordarles a mis hijos cada vez que se quejan del trabajo duro o las adversidades de la vida. Les digo: Imagínate la cuesta más perfecta del mundo. Un suelo de asfalto liso, impecable, sin una piedra suelta, imagina una pendiente perfecta, unas curvas suaves, todo ello rodeado por un bosque verde, un sol radiante, una brisa fresca. Imagina que te lanzas por ella con el monopatín conocedor de que nadie subirá de frente; vas a disfrutar a tope. Empiezas a deslizarte, es gozoso, disfrutas de la suave caricia de la brisa en tu piel, oyes el suave rugido de las ruedas sobre el asfalto, saludas a gente que te mira sonriendo, sigues bajando, coges unas curvas suaves, sigues bajando, vuelves a saludar, sigues bajando, vuelve la brisa en la cara, sigues bajando, saludas de nuevo, sigues bajando, rugen las ruedas, sigue bajando, y bajando y bajando, es perfecta pero eterna… ¿Cuánto tiempo crees que puedes seguir disfrutando la cuesta abajo sin fin?. Llega un momento en el que acabas harto. Es nuestra naturaleza. Necesitamos que termine y tener que volver a subir para gozar la cuesta.

Siempre he pensado que el pasaje de la Biblia de Adán y Eva se refería precisamente a esta condición humana: Adán y Eva lo tenían todo en el paraíso y en vez de vivir eternamente en esa felicidad, pues no, llega un momento que se cansan y quieren la manzana.
Los humanos somos unos insatisfechos crónicos y si las cosas no se acaban o no nos cuestan esfuerzo, no nos dan satisfacción. No alcanzamos la felicidad. Por eso pienso que si la vida fuese eterna no la apreciaríamos, y se acaba. Pero, a pesar de ese fin certero, la mayoría vivimos ignorando la muerte mientras podemos, como si la vida fuese eterna.
Séneca decía ( en su libro sobre la brevedad de la vida) Los hombres no consentimos que nos sean ocupadas nuestras propiedades y a la mínima disputa sobre las fronteras recurrimos rápidamente a las piedras y a las armas, pero cuando nos llega la mínima ocasión de perder el tiempo con cualquier idiota nos conducimos con la mayor generosidad. ( lo del “idiota” es cosecha propia) ¿No sería precisamente nuestro tiempo el único asunto en el que la avaricia estaría más que justificada?. Pues claro que sí.

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Cuántas veces oímos a nuestro alrededor a muchos decir: “a partir de que cumpla 55 años lo tendré todo solucionado y me dedicaré a vivir”. Y yo pienso, ¿No te parece muy poco inteligente reservar para ti sólo los restos de tu vida? Además ¿Quién te garantiza que vayas a vivir una vida tan larga? Me parece un dislate colosal pasarse la vida, esperando que las cosas mejoren, que cambien para entonces vivir feliz y no darse cuenta que mientras tanto todo tu tiempo se ha pasado. ¡A ver! el tiempo corre y se agota. Hay que vivir conscientes, mirando a la muerte a los ojos, sin miedo y es entonces cuando sucede el milagro: todo se pone en perspectiva. Las chorradas pierden importancia y te centras en lo que de verdad importa. Amas más a los tuyos, perdonas más, toleras más y por fin te quieres mucho, mucho, mucho.

Cuando yo tenía 22 años, con la muerte de mi hermano, recibí el mayor de los regalos que se puede hacer, una gran lección. Se me reveló, con muy corta edad, la cara más severa de la impotencia ante lo que el destino nos tiene reservado y aquello me regaló mi vida entera.

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Cada día nuevo que tengo es para mí un regalo. Mi vida podría acabar hoy, por eso disfruto de cada sonrisa que me regalen andando por la calle, la de mis hijos, de mi marido, incluso de sus ataques de mal humor y de los míos. Realmente hasta los problemas son una bendición porque estoy viva. Digamos que aquella tragedia, me regaló un tremendo miedo a la muerte y así perdí el miedo a vivir. Asumo la aventura de la vida como tal.

La tercera y última reflexión sobre la muerte es que cuando uno se enfrenta a ella, ese miedo, esa impotencia, ese sufrimiento desolador te lleva a sacar lo mejor de ti mismo, y lo peor también. Por fin llegas a conocerte. Al fin y al cabo es a lo que hemos venido.
Siempre repito mi famosa frase que tanta fuerza me ha dado en esta vida: “En esta vida en las peores circunstancias se ve que qué pasta estamos hechos”. Cuando todo va bien, es fácil ser un tío correcto, encantador, bello y amable (y a pesar de eso no todos lo practican) pero cuando el viento viene de cara, y las cosas se tuercen de verdad, ahí es cuando uno puede ver la grandeza o la miseria de las personas, y de la misma manera mostrar la suya propia.

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Si te pasas la vida sin adversario, ni siquiera tú mismo, ¿cómo puedes saber hasta dónde alcanzan tus fuerzas?

En el mundo hay más de 6000 millones de seres humanos y no hay ni uno con un ADN idéntico a otro. Ni siquiera los hermanos gemelos univitelinos. Sólo los clones serían idénticos y que yo sepa de momento eso todavía no se hace con humanos. Cada uno de nosotros es absolutamente único en este mundo. ¿ Te das cuenta de la cadena de casualidades que han tenido que darse, desde los principios de la historia, para que cada uno estemos, así de únicos, aquí y ahora?. Desde el parpadeo que enamoró a nuestros abuelos hasta la catástrofe que impidió un encuentro fatal. Todo fue necesario para traernos aquí. Sería una pena pasar por esta vida sin conocernos de verdad. ¿No crees?
La llamada de mi amigo me ha recordado que tenemos que aprovechar estos momentos duros y tener el valor de observarnos. Es en tu peor momento, en la peor decisión o el mayor estropicio vivido, dónde te conoces y donde te puedes rehacer. Uno no puede conocerse a si mismo en toda su grandeza hasta que no es consciente de su pequeñez y miseria. Uno no puede apreciar la vida si no hubiese muerte después.

Decía Seneca que la vida en realidad era muy larga:
“Una mínima parte de la vida es la que nosotros vivimos” “ exigua pars est vitae , quam nos vivimus”

… porque realmente es cierto que toda su duración es tiempo, pero no es vida…

Ese no es mi caso. Un beso.

 

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