Vértigo in my life

No me pises el Tutú by Sandra Llabrés
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No me pises el tutú by Sandra Llabrés

Si me despisto pasan dos meses desde mi  último post para la sección NO ME PISES EL TUTÚ, pero es que sinceramente querid@s, ¡el tiempo pasa volando de verdad! Y mi único problema es que vuelo a propulsión sobre él,  planeo sobre los minutos, surfeo las horas, escalo los días, cabalgo las semanas hasta que un día me doy cuenta de que ya llevo abrigo y bufanda cuando hace dos días iba en pareo y chanclas. Son los sinos de los tiempos, ir deslizándote por la vida a velocidad de vértigo, en lugar de pasar unas horas relajadamente en Vertigo 42, un champagne-bar muy chic situado en la Tower 42 de la London city y que, creedme, ¡cuando fui disfruté muchísimo de su espectacular vista 360 grados en el piso 42! (hazte un virtual tour)

Por cierto, desde mi vuelta de vacaciones habréis notado que la revista ha sufrido “ligeros cambios” fruto de mi kit kat veraniego (realmente fue un viaje de negocios camuflado) en Francia, mi segunda patria. Pues bien, eso es lo que tiene dejarte infectar por el chic parisino, que te entran unas ganas irremediables de vivir en su estilo 365 días del año y en cualquier parte del mundo. Ese aire de “vive la vida como una parisina”  ha sido un virus muy malo de curar y como único remedio me auto-recetado (muy español) una buena dosis de “haz lo que te de la gana con la revista” hasta conseguir traer un poco de ese aire tan cool a un sitio que no es para menos, nuestra tierra santa, que es preciosa y cuando quiere, muy chic también.

¿Acaso las parisinas son las únicas que pueden vivir cómodamente instaladas en ese limbo en el que se une lo cotidiano con lo único, lo liviano con lo extraordinario? Pues yo digo que no. Que también nosotras, y vosotros también, podemos tomar una excelente copa de cava de nuestras exitosas viñas mientras mordemos un trocito de pincho art nouveaux del sitio de moda sin despintarnos los labios de un rojo brillante y cremoso o despeinarnos el flequillo. O, perdernos en un recóndito lugar de la ciudad donde dejarnos sorprender por los gatos callejeros, la música en vivo o un banco bajo los árboles. La bella vita. O al menos hacer que así sea. ¡Reinventemos nuestro (pobre) estilo de vida! ¡Démosle una capa de print parisino!

Debería existir un filtro que se llamara así solo por el placer de disfrutarlo. Pisar fuerte con tacones en la calle, coger el tren o el bus sintiéndonos únicas y maravillosas sin atender a los dictados de la siempre terrorífica actualidad, pateando del trabajo al super con una bolsa de diseño dentro del bolso donde poner las compras, zamparnos un helado a media tarde y comerlo sola por la calle sin complejos mientras le guiñas un ojo a un desconocido , todo con una dosis extra de glamour subidas a unos estiletos que la vida son dos días, y mejor ir monas aunque eso duela…El otoño a traído un huracán de hojas pero no las de los árboles caducos, ni tampoco de los libros, sino de reclamaciones por si esto o aquello, ponme un kilo y medio de lengua y quitame payá la grasa de los prejuicios, con lo que me gusta a mi la lengua, en todas sus salsas y versiones. Como la que me metieron en el “variat” de Can Toni Cotxer de Sa Pobla hace unas noches en una reunión de chicas en las que nos juntamos para disfrutar de las mejores (para nosotras) tapas de la tierra de los dimonis y las patatas,  Sa Pobla city. Tiene su encanto y te recomiendo que vayas un día laboral en el que todo marcha diagonalmente , (los domingos hay mercado y es ideal para comprar verduras con rocío y tierra, pero hay mucho bullicio y te pierdes lo mejor), viendo como los payeses octogenarios van sin dificultades a lomo de sus bicicletas pedaleando hacia su destino y alargando su vida…no les duele nada o eso parece. Hablando de pedales, no deberíamos perderlos cuando se trata de tener a nuestras futuras generaciones mejor preparadas, al margen de convenios, pactos y mareas, ellos son lo importante y si tuviéramos una varita mágica, yo les pintaría el futuro en technicolor, no en bicolor como se empeñan tantos. Y hablando de colores que hay muchos y para todos los gustos, me pido el oro, el naranja y el ocre, colores muy de temporada, de calles teñidas, de ventanas entreabiertas, de balcones floreados y de felinos sobre los tejados. Un paseo por la vida, que aunque difícil, que lo está, no nos deje ver el azul del fondo que es monisimo.

Hablando de azul, ese el color de los ojos de mi Jaime (roigdediego), y de mi rubia Cristina (Puig)  y también de las risas que nos hicimos este pasado viernes el equipo de esta revista en el Kfe de Gomila de Palma, donde nos pusimos de otro color, morados, de comer bien, de reír y de hacernos fotos. Ajenos a todo y a todos tuvimos nuestro particular día de la sonrisa, donde además hicimos parada técnica en el hotel más feliz de la ciudad solo para rubricar, que la amistad, la buena energía y la complicidad, pueden hacer auténticos milagros, y da igual en qué sitio del mundo hagas cheking con foursquare, si quieres, puedes. Y eso es muy parisino. Y para acabar mi ajetreada agenda este sábado se tiñó de rosa, de babypink, de la vie en rose. Una fiesta muy americana para dar la bienvenida a una bebita muy mallorquina con acento muy francés: la babyshower de mi sister, que haciendo las cosas bien, espera a su segundo retoño para Navidades, que si a los Reyes Magos o a Papá Noel se les olvida venir, nosotros ya iremos servidos con tamaño regalo.Pues bien, una fiesta ,como digo, encantadora donde la futura mamy se rodea de sus hermanas, cuñadas y amigas intimas y se ponen ciegas de dulces exquisitamente preparados y en los tonos adoc para la ocasión mientras se abren regalos de bienvenida y todo tipo de enseres para su ajuar infantil. Una delicia. Otra invención extranjera que abrazamos sin manías. Que donde esté una celebración rosa bonita, feliz y sonriente, que se quite lo negro, oscuro y obstinado, porque hay personas que preferimos vivir en una nube, y a poder ser, muy rosa.

 

 

 

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