Y primero fue la luz

Primero fue la luz. La deslumbró de tal manera con sus trajes cruzados de tres botones (o dos, nunca había sido una experta en moda), sus zapatos impecables, sus andares y modales de caballero, su sonrisa destelleante, su conversación fluida, sus interesantes comentarios, sus teorías, sus (un poco) largas opiniones sobre el mundo en general y sobre todo en particular…

Alicia Misrahi, escritora y periodista: www.aliciamisrahi.com

La agasajaba con una ternura envolvente. Le abría la puerta, la dejaba pasar primero siempre –a no ser que considerara que hubiera un peligro, pues entonces, como un caballero, pasaba primero para asegurarse de que todo estaba bien-, la cogía suavemente de la cintura para guiarla o para embrujarla. Él era algo mayor que ella y tenía varios mundos para ofrecerle. Parecía dispuesto a dárselos y a protegerla y a cuidar de ella.

“Tú no te preocupes de nada –solía decirle-, déjame a mí”.

La alumbró y la iluminó de tal manera que sólo podía verle a él.

 

El segundo día fue el cielo. Como amante era tan atento como cuando ejercía de caballero, mentor, maestro, pigmalion y líder espiritual.

“Déjate hacer, no te preocupes de nada” –solía decirle, Y le daba placer.

Ella estaba subyugada por él, aunque le parecía demasiado maravilloso para que fuera verdad. ¿Por qué se había fijado en ella un hombre de mundo como él que podía conquistar a cualquier mujer?

Luego fueron las flores. Como si el hubiera notado sus reticencias, sus más ocultos temores, sus dudas… la agasajó con un mar de flores de todos los colores que inundaron su casa. Muchos ramos de pétalos variopintos, fragantes y aterciopelados, y, sobre todo, multitud de macetas de plantas exóticas, vivaces y originales que convirtieron la gran terraza de su casa en el vergel que siempre había soñado.

Le regaló el paraíso.

Al cuarto día la llevó a pasear bajo la luna y se la ofrendó junto a su corazón. “Soy un lunático” –dijo-, pero si me aceptas, soy tuyo”. Él fue rayo de luna en su perdida soledad.

Y se convirtió en la luz de su vida, en su lucero, en su faro… en el sol en torno al que giraba.

Al quinto día, voló con ella por el cielo y la convirtió en ave pasajera. Se fueron juntos a dar un cuarto de vuelta al mundo como celebración de su matrimonio. No tenían tiempo de hacerla entera, los múltiples compromisos de él en el trabajo limitaban el tiempo que podía ausentarse. Era un hombre importante, un pez gordo de los negocios.

Nadaron como locos peces de colores entre corales, amándose y sorprendiéndose de todo lo que tenían en común.

En el sexto mes le regaló un precioso afgano. Alborozado por su felicidad, le declaró que le encantaba verla correr feliz en libertad. La tenía totalmente cautiva de sus encantos, ella se limitaba a sentir sin pensar y era feliz. “Te quiero demasiado”, le declaraba él, o “eres todo para mí”.

Al séptimo día él descansó. En teoría para disfrutar de todo lo que habían conseguido juntos.

En la segunda, época, la de destrucción del universo tal como lo conocemos, primero fue la oscuridad: la privó progresivamente de algunos de sus amigos e incluso de algún familiar “No necesitamos a nadie más” –decía mientras la encerraba en casa a base de cadenas y candados, físicos y mentales. Y se hicieron las tinieblas, no había nadie al otro lado de la ventana.

Ella, íntimamente enfadada, le llamaba mentalmente “lumbreras”. Una vez se le escapó en voz alta. Él alzó una ceja inquisitiva para preguntar y ella, acobardada por no querer defraudarle o quizá para que no la riñera, masculló: “Nada”.

Al segundo día le regaló su infierno particular aquí en la tierra. La obsequió con el gesto que a partir de ese momento serviría para que ella cortara, de raíz, cualquier iniciativa, cualquier acción espontánea, cualquier risa y cualquier sonrisa que oliera mínimamente a felicidad. La llamaba “cielo” con tono reprobatorio y alzaba una ceja para que ella sintiera su desaprobación y se corrigiera automáticamente.

Al tercer día, cercenó todas sus ilusiones y la convirtió en un vegetal. Poco a poco, durante meses de acoso y derribo, la había privado de sus opiniones y la había convencido de que no tenían ningún valor, de que no interesaban a las personas a las que veía, por reuniones de negocios y a las que asistían otras esposas, tan elegantes y angustiadas como ella misma. De flor había pasado a ser florero. “Te amo” –decía él con el susurro profundo y apasionado que la había enamorado y ella pensaba que no podía haber un amor tan profundo.

En la cuarta fase de su conquista total, le trajo el sol y la luna a casa. Contrató a un entrenador personal para que hiciera ejercicio y no tuviera que acudir al gimnasio; instaló una piscina en su finca para que pudiera nadar sin tener que salir; le presentó a una personal shopper que a partir de entonces se encargó de sus compras o de organizarle pases privados de las mejores marcas; consiguió una estilista que le cortaba el cabello, la maquillaba y le recomendaba los productos de belleza que debía usar; le puso un chófer para que la llevara al parque solitario por donde todavía la dejaba pasear con su perro; estaba dentro de su enorme finca y lo vigilaban discretamente seis guardianes, pero eso ella no lo sabía… El mundo a sus pies.

En la quinta época le cortó las alas y la vigilaba como un halcón incluso cuando organizaban fiestas en su casa o asistían a cenas de negocios, cenas y actos benéficos y todo tipo de encuentros sociales.

Empezó a criticar su maquillaje, los vestidos que elegía en cada ocasión, sus intervenciones en las cenas, comidas y fiestas con amigos a las que acudían juntos –a pesar de que ella se esforzaba en poner en práctica todo lo que él le había enseñado-, el menú que escogía en sus recepciones, sus comentarios por banales que fueran, su forma de mirar, a quién miraba…

A ella sólo le quedaba la libertad de su mente, en algún pequeño rincón, como un pequeño gorrión con un hálito de vida.

Siempre iban juntos a todas partes y lo que antes había sido un sueño se convirtió en pesadilla. En el pasado le echaba de menos cuando estaban un minuto separados, ahora no podía desprenderse de él. Pero le amaba.

Descubrió que era por temor, por costumbre, por inercia, por cobardía, por amor, porque se había perdido a sí misma por complacerle a él. Pero le amaba.

Su pequeño gorrión entumecido aleteaba a veces, inquieto, y en aquellos momentos se dirigía mentalmente al que fue su amor y ahora era captor con palabras como besugo, merluzo, buitre, cuervo de mal agüero… Era su pequeña rebelión y la hacía sentir más libre.

El pájaro amaestrado en que la había convertido el absorbente amor de él se arrepentía enseguida de estos pensamientos, se colgaba de su brazo, encantada aun por sus atenciones, y decía las palabras y frases que  sabía que le harían feliz. “pichoncito, yo sé lo que es bueno para ti” –decía él para recompensarla.

Por el  camino, que culminó en una sexta fase en la que dejó de ver a su madre, perdió a los pocos amigos que le quedaban, a sus tíos, sus primos, su hermana, su hermano, su padre…, a sus compañeras de gimnasio, a las alumnas de su academia de jardinería y paisajismo –que traspasó porque él la convenció de que no necesitaba trabajar y de que la trataría como una reina-.

Doña perfecta se puso muy feliz  de que atendiera todas sus sugerencias y la envolvió en algodones de azúcar y almohadones de plumas.

Y al séptimo día ella descansó sin nada qué hacer. Él hacía ya meses que reposaba, seguro de su total conquista. Si ella intentaba protestar o reclamar su atención, alzaba una ceja y se sentía tan culpable y confusa y desagradecida por no apreciar todo lo que él le había dado que callaba. Sonreía, repetía las palabras que le hacían feliz y él le hablaba con la ternura de sus mejores tiempos: “reina mía, eres todo para mí” –la mimaba. Y al séptimo día, él descansó. Se limitó a disfrutar de todo lo que había creado en ella.

En una de sus escasas salidas a un centro comercial donde habitaban los mejores diseñadores, coincidieron con un matrimonio que parecía muy agradable. En un impulso, ella se dirigió hacia ellos. Su marido levantó una ceja, desaprobatorio, y ella abortó la misión. Antes de bajar la mirada, contrariada y confusa, tuvo tiempo de ver como el hombre se adelantaba para saludarla y como su esposa alzaba una ceja para contenerle.

Se volvieron a ver en diversas ocasiones y empezó a sentir algo por él, una especie de ternura, ganas de conocerle… Se saludaban alzando las dos cejas en un gesto imperceptible que ambos interpretaban como una sonrisa, un beso, una esperanza… Si alguna vez uno de ellos demoraba la mirada en el otro, la pareja correspondiente alzaba la recurrente ceja represora y cada uno de ellos volvía a su jaula de oro.

Empezó a anhelar cada uno de estos encuentros, la mayoría de las veces fruto de la casualidad, pues frecuentaban los mismos ambientes selectos y opresivos, en algunas otras ocasiones, de forma premeditada cuando conseguían dejar una nota entre frascos de perfumes, vestidos lujosos, diseños de vanguardia, fuentes de postres o cualquier otro lugar brillante y secreto. En una reunión de inversores de ella no sabía bien qué, hablaron brevemente aprovechando que sus costillos habían ido al lavabo a la vez. Fue la primera vez que vio su sonrisa, limpia, franca, y ya no pudo olvidarla. Pero sus amorosos captores volvieron, levantaron su ceja y volvieron a su prisión.

Cuando se volvieron a ver, fue un remolino de espontaneidad. A la vez, decidieron sonreírse en lugar de alzar las cejas en su disimulado saludo para estupor de sus adiestradores. La sonrisa les liberó, de pronto, de todos los años de comedimiento, represión, miedo a fallar, miedo a que les dejaran de querer, miedo a defraudarles, pánico de no estar a la altura, sorpresa y sumisión por no creer la suerte que habían tenido… Se lanzaron el uno en brazos de otro y empezaron a parlotear todo lo que no habían tenido ocasión de decirse nunca, todo lo que no habían podido contar a nadie en meses o años.

Mientras tanto, sus domadores levantaban frenéticos una ceja tras otra para frenarles sin éxito en un futil baile de muecas. Les dejaron allí, presas del baile de San vito, sin mirar atrás.

Y se hizo la luz.

ALICIA MISRAHI

Escritora, periodista y viajera, soy una géminis nacida el 2 de junio de 1967. He escrito varios libros, entre ellos Manual de la aprendiza de depredadora, Sé Mala, Adictos a la pereza, 99 Historias de amor, Sé mala en la cama y Todo lo que no has de hacer si buscas amor. Mi página web: www.aliciamisrahi.com

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